Su funcionamiento es bastante sencillo. El líquido que hay que filtrar se bombea a través del filtro, donde las partículas y las bacterias que hay en él quedan retenidas en la superficie o dentro de los poros del filtro. El agua o el líquido filtrado sale entonces por el otro lado del filtro.
Hay diferentes tipos de filtros de microfiltración, como los filtros de membrana, que están formados por una fina capa de material poroso, como el poliéster, la celulosa o el polipropileno, y los filtros cerámicos, que tienen poros minúsculos en una estructura cerámica.
El filtro hay que limpiarlo de vez en cuando para quitar las partículas acumuladas, así se garantiza que todo funcione bien y se alarga la vida útil del filtro. Esto suele hacerse mediante procesos de lavado, como el lavado con aire comprimido, el lavado químico o el lavado mecánico, dependiendo del tipo de filtro y del líquido que se vaya a filtrar.
La microfiltración es capaz de eliminar partículas y bacterias de un tamaño de entre 0,1 y 10 micrómetros, lo que resulta útil para purificar el agua u otros líquidos.
La microfiltración puede gestionar caudales elevados, lo que la hace ideal para aplicaciones industriales y comunitarias.
La microfiltración es un proceso sencillo y fácil de manejar, y los filtros de microfiltración suelen ser fáciles de limpiar y mantener.
Bajos costes operativos:
La microfiltración se puede usar para eliminar microorganismos patógenos del agua y otros líquidos, lo que mejora la seguridad microbiológica del líquido tratado.
La microfiltración no elimina los minerales y nutrientes que hay en el agua, a diferencia de otros procesos de filtración.